El bosque de flores paradigmáticas en la obra de Onofre Frías
por Juan Calzadilla


Para un entendimiento cabal de la obra de Onofre Frías conviene tener presente lo que el propio artista ha revelado a propósito de sus orígenes y su formación. El ha sido bastante explícito en cuanto al papel que para la realización de su obra han jugado la palabra, la escritura y el diálogo, como instrumentos esclarecedores de la actividad conceptual que rodea al acto creador. Sin ese instrumental parecería difícil sobrevivir en una época en que estaban en crisis los lenguajes, y el arte figurativo, dando señales de agotamiento, se había desprendido de todo espíritu crítico y de sus raíces políticas para sumergirse en la voracidad formalista del arribismo a ultranza que prosperó a comienzos de los años ochenta en Venezuela. Se hizo necesario por entonces, de acuerdo con lo que el pintor ha contado, una toma de conciencia como la que se practicaba en las aulas del Instituto Pedagógico de Caracas, en donde Onofre Frías cursaba arte puro. Crítica y autocrítica propiciaron aquí un clima de esperanzas, conducidas de la mano del maestro Antonio Lazo.

Frías se hizo así, en efecto, miembro de esa estirpe de artistas inquisitivos, a la par de Borges, Edgar Sánchez, Baroni, el propio Lazo, Quilici, Quintana y otros, quienes en sus mejores momentos supieron hacer de la reflexión un estadio iluminador de los procesos conscientes e inconscientes que intervienen en la producción de arte. Especie de peldaño teórico que evita el salto al vacío y sin el cual se dificulta que la intuición reemplace a la clarividencia, donde aún ésta no se ha manifestado. Sin la explicación que provee la teoría manejada por el artista mismo -Juan Acha dixit-se pone cuesta arriba recorrer esas trayectorias complejas que trazan unos artistas como los mencionados, para quienes las reglas del juego han sido dictadas por la emoción, el rigor y tremendas dificultades. En el caso de Frías, el esfuerzo de teorizar mientras realizaba su obra fue importante a la hora de redefinirse para poder alcanzar la meta que se impuso, tras redimensionar las condiciones que le hicieron asumir enérgicamente su compromiso actual con un arte híbrido, formalmente desprejuiciado, en el que se mezclan figuración y organicismo, ecología y compromiso social, naturaleza y ciudad, realismo y abstracción, imagen y música. Ahí está.

De hecho, técnicamente hablando, Frías es un expresionista gestual cuyas piezas, al decir de Víctor Guedez, "se afirman como relaciones que no transcriben ni interpretan; por el contrario, ellas se inscriben en algo más intuitivo que simplemente racional¨: ¿Pero acaso se ha negado que lo racional es constitutivo de los actos instintivos? Acaso el surrealismo no lo ha explicado muy bien? Frías podría comprobarlo, pues estamos delante de un pintor cuya obra surge al calor de pulsiones efusivas e incontroladas pero también en torno a un rigor y una lucidez generosamente cultivados. Ello se alía al temperamento de un dibujante que ha podido estructurar su obra con elocuencia gráfica y mediante gestos que exigen de él una violenta economía del color en beneficio de los tonos propios de las formas naturales, expresados principalmente a través de la textura y la materia. En Frías el fragmento se potencia a tamaños heroicos sin perder la grandeza del detalle.

Lo gestual siempre ha comportado una relación muy viva y dinámica con la realidad, de la cual se nutre la visión totalizadora de este artista. Lo que se recupera del gesto, mediante su inserción en la naturaleza, dado el carácter selectivo con que trabaja el pintor, podría explicarnos el carácter libertario y existencial del arte de Onofre Frías, quien fiel a su propósito de integrar en sus obras el sentido de su experiencia toda, como acción vital, materializa su concepción de arte en un lenguaje que sacrifica lo personal a la austeridad, de aspecto mágico, contenida en obras que recorren, en materia de formato, sin miedo alguno, todas las escalas, tal como pudimos apreciarlo en sus trabajos tridimensionales, de gran tamaño, reunidos en su exposición del MACCSI bajo el título de Los injertos del alma.

Podríamos admitir, con Víctor Guédez, que Frías es el tipo de artista posmoderno que trabaja con un programa y en cuya estética alienta, de manera por decirlo así atávica, esa voluntad refundidora que le sirve para componer su obra a partir de principios sumarios y de formas y elementos ya elaborados por la tradición como restos y vestigios desgarrados y desprendidos del tronco de la cultura plástica pasada, reducida sin embargo a testimonio vivo y recobrable de la modernidad.
La refundición de ese magma cultural, armado con los restos de lo que merecía ser salvado de la civilización, le conduce a Frías a elaborar una metáfora en la cual, partiendo de la naturaleza, se reunifican los estados del alma en una especie de gran crónica originaria, a manera de vitral o retrato generalizado donde ha quedado impresa una memoria colectiva, una cultura de sensaciones perdidas e imágenes fijadas. Una crónica que alude a las formas primordiales de la conciencia y en la cual naturaleza y hombre se confunden en un ritual solar bajo el dictado de un movimiento rímitco parecido al que procura la música tribal, como si en esa conciencia se presintiera la ceremonia de una sostenida presencia del silencio que se hace alrededor de un tótem.

De tal manera que para reedificar como objeto artístico lo que rencuentra en su propia obra o en el pasado de la cultura, o que descubre en el entorno o reinventa durante la marcha de su propio trabajo, mientras lo ejecuta, Frías deviene un artista multidisciplinario, que procede por selección y codificación de signos y merced a una dinámica enteramente personal que consiste en construir su lenguaje como un proceso que consiente, a su vez, la refundición en uno solo de todos los géneros: la pintura, el dibujo, el collage y el ensamblaje trimendional.

Juan Calzadilla
3 y 4 de abril de 2001


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