Una piel oscura como la noche,
cubierta de vellosidades invisibles,
que promete un viaje al cielo y al
infierno.
Dos bocas se encuentran rozándose
en la oscuridad. Se acarician una a
la otra, sin palabras. Los cuerpos
intercambian durezas y humedades.
Fluídos aromáticos, desgarradores
como flores.
Dioses de dos caras,
transparentes,
que sonríen malévolamente como
amores baratos. Fuego y sudor.
Aromas ácidos. Escalofríos y
vapores que hacen desear la nieve.
El paso lento del tiempo me
dice
que el polvo y la soledad vinieron
para quedarse.
Rigoberto Rodríguez
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