Ante el umbral de un nuevo milenio, algunos signos como inspiración, permanecen vigentes gracias al reconocimiento que le infieren aquellos ojos que les conocen. Signos que permanecen, porque el espíritu los analiza, porque se hacen claros, y pueden ser dados por la naturaleza o constituídos por el hombre.

Tan longevo como la vida misma, el árbol como signo, nace a la par de la presencia humana y su pensamiento. En su creación y apreciación, supone el establecimiento de un orden en nuestras mentes y en nuestras emociones. Y si es un artista el que fija este orden, puede ser transformado por algo que está dentro de su propio mundo imaginario.

En las obras de Rolando González, no hay planteamiento ni meditaciones previas. El carácter estético reposa en la transformación, en la transfiguración, en la transmutación del árbol como signo, sin que con ello se pierda su esencia. El énfasis en la forma: ramas, troncos, cajas, trozos, sin intervenciones preliminares que le resten memoria, le confiere naturalidad. Reciclajes sin intenciones puramente ecológicas, sus obras poseen huellas de una historia anticipada a la que le tocará vivir. Ensamblajes que son descubiertos de una manera sutil en la medida que se aprende a combinar. Libertad operativa que se enfrenta al azar en el instante en que se concibe la pieza. Resultado final que responde a una postura estética a tono con su propio punto de vista, donde cada elemento es independiente al resto, sin que por ello se rompa su relación de conjunto.

Rolando González afirma que "cuando crea está jugando". De manera aleatoria, libera su imaginación para emplear su técnica automatista. El color, austero, silencioso se presenta en una simple gama que va desapareciendo cada vez más hasta alojarse en los tonos que ofrece el material en sí mismo. Algún azul, algún rojo, aparecerán en sus obras sin significaciones contundentes, haciendo énfasis en la independencia del genio emocional y vivencial de su creador. El orden no impera de manera determinante. Ciertamente, Rolando González lo sugiere al componer. Más, dentro de la universalidad de sentido que éste ofrece, el espectador puede recomponer la lectura a su antojo, reafirmando el interés por lo lúdico.

Comenzar a crear justo a partir de la colocación de las primeras piezas (cartón, papel, madera), determinará los pasos a seguir en el resto de la ejecución: composición, color, ritmo, profundidad. La obra durante este proceso, hablará en un lenguaje íntimo al artista, advirtiéndole qué se debe o no agregar para así, de esta manera, tomar el control por encima de la intención del mismo artista, gestándose posibilidades infinitas de combinación. A merced de factores inherentes a ambos, este proceso encierra una intención, que si bien no-buscada, dirigirá el desarrollo plástico a futuro, condicionando a las nuevas obras que están por crearse, y unificando pintura y escultura, en una sola propuesta.

Sin embargo, todas estos planteamientos que conforman su mundo artístico, se hayan cobijados por una esencia religiosa-espiritual, siempre ligada a las significaciones de la materia-árbol: la vida, la evolución, la trascendencia, el conocimiento, el eje del mundo, la terrenalidad, la ascensión. Todas estas interpretaciones, comunes a todas las culturas, no son ajenas a la suya. La verticalidad con que genera sus obras ofrece una relación clara, pero más que reflejar estos principios, la obra de Rolando González no es más que el encuentro de un mensaje sin prejuicios.

Rosana Guastaferro Preda